Translate

domingo, 20 de noviembre de 2016

Dos monjes y una mujer


Dos monjes zen iban cruzando un río. Se encontraron con una mujer muy joven y hermosa que también quería cruzar, pero tenía miedo. Así que un monje la subió sobre sus hombros y la llevó hasta la otra orilla. 

El otro monje estaba furioso. 
No dijo nada pero hervía por dentro. 
Eso estaba prohibido. 
Un monje budista no debía tocar una mujer y este monje no sólo la había tocado, sino que la había llevado sobre los hombros. 

Recorrieron varias leguas. 
Cuando llegaron al monasterio, mientras entraban, el monje que estaba enojado se volvió hacia el otro y le dijo: 

-Tendré que decírselo al maestro. 
Tendré que informar acerca de esto. 
Está prohibido. 

-¿De qué estás hablando? ¿Qué está prohibido? -le dijo el otro. 

-¿Te has olvidado? Llevaste a esta hermosa mujer sobre tus hombros -dijo el que estaba enojado. 

El otro monje se rió y luego dijo: 
-Sí, yo la llevé. Pero la dejé en el río, muchas leguas atrás. Tú todavía la estás cargando... 







 Esta fábula explica muy bien como funcionamos a veces. Nos quedamos anclados con historias, comentarios, pensamientos, situaciones... Las cargamos durante días, meses o años. Algunos toda la vida. Hay que soltar. Todo lo que no te sirva para vivir bien y feliz hay que soltarlo. ¿Qué más te da si el de al lado dijo o hizo? ¡¿Qué más da?! 

 No merece la pena cargar culpas o rencores. Sentirse mal por cosas que ya no puedes arreglar. Y sentirte como te sientes, o cargar con lo que cargas, al final, es elección tuya. 

 Si te hicieron daño, perdona. Si no quieres a esas personas en tu vida, aléjalas. Si fuiste tu el que hizo daño, pide perdón y acepta las consecuencias o intenta reparar el error. Al final siempre hay solución y si no la hay...suelta. Déjalo ir. No le hace bien a nadie aferrarse a las cosas negativas.

 Por otra parte también, cada uno, tiene una forma de ver las cosas, un aprendizaje y unas vivencias que conforman su personalidad, así que donde tú ves un error, la otra persona no tiene porque ver lo mismo.  Aquí hay que aplicar un poco de empatía, de saber ponerse en el lugar de los demás. 

 Ser conscientes de que a veces, los fantasmas que vemos, sólo los vemos nosotros, son nuestros.  Y no podemos echarles la culpa a los demás. Saber cuando eres tú el que percibe algo inofensivo de forma  hostil, es el primer paso. Una vez que identificas los fantasmas, en más fácil controlarlos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario